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martes, 1 de marzo de 2011

Mamá no lo sabe todo


El domingo fuimos a ver "Enredados". Siento debilidad por las películas infantiles, así que soy la primera en correr al cine en cuanto estrenan una, aunque esta vez nos hemos demorado casi un mes. La espera mereció la pena: nos lo pasamos pipa, los cuatro. Cantamos, reimos, lloramos y reflexionamos. Bueno, esto último quizá lo hiciera sólo yo.
En esta ocasión no tuve que darle muchas vueltas al coco sobre qué es lo que debía replantearme en la vida. Tras tanto colorín, carrera a caballo, cancioncilla pegajosa y romanticismo a espuertas, ¡ahí estaba el mensaje, escondido detrás de la presunta madre de la protagonista! Además de recordarme a Isabel Preysler -por aquello de la eterna juventud y esas cosas varias-, era la encarnación de la madre helicóptero, la gran protectora, la que no deja que los hijos cometan sus errores y se cobija en sus propias inseguridades. En la ficción de "Enredados", la siniestra señora no dejaba que Rapunzel abandonase su torre porque con sus canciones conservaba su juventud. En la realidad de la calle, las mamás que lo saben todo tienen siempre una buena excusa para que sus hijos no escojan la ropa que les gusta, no hagan los estudios que les motivan o no frecuenten esos lugares tan poco convencionales.
Al final, todo radica en intentar hacer de los hijos nuestra imagen y semejanza y en entenderlos como si fuesen una propiedad más. ¡Gran error! Caerán y se levantarán, como cuando aprendieron a montar en bicicleta; serán los más felices y les partirán el corazón, al igual que nos pasó a nosotros tantas veces y ójala nos siga pasando otras muchas; creerán que son únicos en el mundo y que son la última inmundicia del planeta, un sentimiento muy "adulto" que tanto secundamos. Como padres, en cuanto los retoños irrumpen en nuestra vida, sólo tenemos una tarea por delante: enseñarles a pedalear con todos los desarrollos, darles consejos para realizar los cambios en el momento adecuado, animarles a levantar el culo del sillín cuando el camino se llena de piedras, empujarles a buscar otros senderos si el que hay delante es muy escarpado, instruirles para que sepan reparar un pinchazo y hasta arreglar la cadena si la cosa se pone chunga, ayudarles a superar las pájaras... La ruta es suya y les pertenece, eso es ser padre.

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