Hoy estreno look. Cada vez que empiezo a atesorar accesorios varios para la cabeza, me da el punto y me corto el pelo. Este año han sido diademas, pero bien podría haber elegido gomas, horquillas o pinzas; da igual, he pasado por todos estos objetos decorativos previos al cambio de imagen. Así tengo los cajones del baño.
Esto de los pelos tiene su telenguendengue. He de reconocer que no me gusta ir a la peluquería, lo considero una gran pérdida de tiempo y me relaja poco escuchar los cotilleos de las vecinas. Quizá por eso siempre voy con los niños, para tener alguien a quien mirar y con el que charlar al oído, aprovechando esa intimidad que dan los secadores a toda pastilla. Estoy contenta de ir con los peques, ellos sí que se entretienen. Miran el catálogo de pelos –ayer Érik estaba eligiendo si se teñía de rubio platino o de naranja butano- y de peinados –a Nadia le fascinan los recogidos de boda, vaya a saber usted para qué, si cuando se case se llevarán las novias calvas-.
Al final, tras noventa minutos que a mi se me hicieron como dos días, salí de la peluquería con menos pelo, muchísimos euros menos todavía en la cuenta del banco y dolor de cabeza de tanto tirón. A cambio, mis niños atesoraron gratas experiencias y sabidurías que pusieron en práctica nada más poner un pie en casa. Nadia corrió a lavarse, secarse y peinarse las melenas tapándose media cara y disminuyendo su campo visual un 90 por ciento, al estilo achicoria. Érik me trajo el bote de gomina ultra fuerte para que le hiciese una cresta como el gallo Claudio, con la que se ha levantado esta mañana tan contento –me estoy preguntando si me equivoqué de bote y le apliqué Super Glue…-. Esta claro que el que cada día no aprende algo nuevo es porque no quiere.

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