Los 5 sentidos del mes Vista: La granja naranja Tacto: el lapicerito ratonero que me trae de cabeza Oído: Alejandro Sanz Olfato: galletas, galletas y más galletas Gusto: cafetito caliente para los días de invierno




domingo, 13 de marzo de 2011

La flauta de Bartolo

Ayer fuimos a un concierto infantil de música medieval. Desde que descubrimos la programación de la Fundación Mutua Madrileña, y siempre que podemos, vamos una vez al mes. En cada ocasión suele ocurrir lo mismo: compro las entradas ilusionada, me mentalizo que no me voy a rebotar por el comportamiento de los invitados -grandes y mayores- y, llegado el día, me dispongo a disfrutar de una hora de música en directo. Pues bien, toda

s las veces ocurre lo mismo: me mosqueo con el niño/a/os/as de al lado, con su padre, su madre, su abuelo, su tío o su primo, me pongo tensa, me chino y me prometo a mi misma no volver a un concierto. Hasta el momento nunca lo he cumplido, pero quizá la última cita marque un punto de inflexión.
"Concierto de Les Flamboyants de iniciación a la flauta. En la segunda parte, a cada niño se le entregará una flauta para que participe". Claro está que con estos augurios escritos en el programa poco silencio podía esperar, pero siempre he sido un poco, digámoslo así, romántica.
En la puerta, antes de sentarnos, la azafata nos hizo entrega del instrumento en cuestión. Mal rollito. Nada más poner un pie en el auditorio, comenzó el dolor de cabeza: centenares de tiernos -y sordos, a tenor de los pitidos que emitían- infantes tocaban sus flautas con el beneplácito de los adultos. Empezó el concierto. Por supuesto, todos siguieron sopla que te sopla y costaba escuchar a los músicos de verdad en el escenario. A fuerza de tanto soplar, los niños van perdiendo fuelle y dejan las flautas, pero empieza el "por culismo": dícese de molestar todo lo que se puede al de al lado mientras el papá o la mamá de turno, que es de corcho pan, continúa con la mirada perdida en el horizonte o en el teléfono móvil. Así durante una hora muy laaargaaa.
Para contribuir aún más a esta sin razón musical, en medio del concierto los artistas animaron a los animalitos con exceso de cafeína y con defecto de educación a subirse al escenario y hacer ruido todos juntos. El resultado fue desastroso: imaginaros a un músico alemán intentando domar a 400 miuras. Pondría la mano en el fuego de que en Berlín es fácil, pero en España...
La jornada terminó con dolor de cabeza hasta que aterricé en la cama, Nadia y Érik con una flauta en su vida -que esta mañana han tocado como han podido, demostrando que no están dotados para el instrumento- y con la firme promesa de no renunciar a llevar a los niños a un concierto pero, eso sí, exclusivamente con adultos como público.

No hay comentarios:

Publicar un comentario