El viernes me encontré a una querida amiga comprando sus primeros cacharritos para su nueva casa; se independiza en unas semanas y le brillaban los ojos de la emoción. Me gustó verla tan feliz tomando un nuevo sendero en su vida, un recorrido que no sabe dónde la llevará pero en el que, seguro, disfrutará de cada atardecer y amanecer de ansiada soledad con las compañías o las ausencias que ella elija.
El que mi amiga se vaya del hogar paterno/materno no tendría más importancia sino fuese porque la he visto «crecer». No a lo alto ni a lo ancho –en este caso sería más bien a lo delgado-, estoy hablando de un crecimiento vital. Cuando la conocí, era una muchachita insegura en el último año de carrera, de extremada timidez y gran vulnerabilidad. Me llegó al alma su mirada, como la de un cachorrillo herido ansioso de recibir y dar cariño, cariño del de VERDAD. Con el paso del tiempo y de los años, fue ganando en seguridad y en templanza, pero sin perder esa inocencia infantil, esa manera de mirar tan especial -¿será porque su madre es optometrista?-, esa sensibilidad que la hace mi «marijuani» particular.
Y ahora, ¡se independiza! Me da un brinco el corazón cuando pienso en los buenos momentos que le quedan por vivir y de los que espero enterarme, aunque sea a través del Facebook.

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