A los adultos nos parece todo muy obvio y, con el paso de los años, perdemos la inocencia con la que llegamos a la vida. Lo bueno al sumar velas en nuestra tarta de cumpleaños, volvemos a recuperar el ángulo con el que mirábamos la cotidianeidad y nos volvemos de nuevo un poco niños.
Cuando tenía ocho o nueve primaveras me hicieron un test psicológico en el cole. Para la época –os estoy hablando de comienzo de los ochenta-, era muy novedoso psicoanalizar a tu hijo con un test y unos cuantos dibujitos. El caso es que para mi no fue nada traumático, pero el informe se convirtió en motivo de preocupación para mis padres. Diagnóstico: no tenía imaginación.
Hasta ese momento, nadie en mi familia se había dado cuenta de la carencia. Yo crecía feliz, en una gran casa del centro de Madrid, conviviendo con mis padres, mi abuela, mi tío, unas decenas de cucarachas y algún que otro ratón (hasta que llegó Metralleta, la gata). Mis juegos infantiles eran los habituales y mis ratos ante la tele en blanco y negro, escasos y limitados a Barrio Sésamo y Heidi.
El caso es que la noticia cayó como una bomba y no sabían cómo tratarme ni que hacer para estimular eso de lo que yo carecía. Al final, y tras la entrevista oportuna con los profesionales de la psicología, mis padres decidieron dejarme como estaba, lo que era equivalente a contemplar mis conversaciones con los muñecos y mis historietas en mi oficina imaginaria sin imaginación.
Ahora, que han pasado unos cuantos años y ya soy mamá, observo a mi hija disfrutando con mis mismos juegos y la regaño –no vaya a ser que no tenga imaginación-, mientras pienso que la vida te da dos tazas de lo que no quieres, que los propios defectos o virtudes se ven aumentados por cinco cuando los ves en el prójimo y que los psicólogos deberían ir al psiquiatra. Soy periodista, ¿de verdad es posible ejercer esta profesión sin imaginación?

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